¡Ah travieso el chiquillo!

Por Cirilo

Se cuenta que en una lejana aldea, vivía una pareja que tenía dos niños pequeños, uno de 8 y otro de 10 años de edad. Ambos pequeñines eran excesivamente traviesos. Quienes los conocieron aseguran que se la pasaban metiéndose en problemas con casi todos los pobladores de aquella “casi” apacible villa. Sus padres, que los conocían mejor que todos, sabían que si alguna travesura ocurría en su poblado, sus hijos estaban seguramente involucrados.
La mamá de los chiquillos, cansada de haber intentado muy diversas maneras de controlar a sus vastaguitos sin ningún éxito, buscó desesperada la ayuda del sacerdote de la región, quien en el par de años que llevaba en ese lugar ya se había hecho de algo de fama, por conseguir disciplinar a cuanto chamaco le encomendaban.
Casi llorando la madre aquella imploró la intervención del capellán para corregir el comportamiento de sus hijos.
El sacerdote aceptó, pero pidió verlos de forma separada,  así que aquella madre envió primero al niño más pequeño.
El cura era un hombre enorme y con una voz muy profunda. Al ver llegar al pequeño como intrigado, lo cogió del brazo y lo llevó a sentar en banco de madera color café. Sacó un rosario del bolsillo y parándose frente a él le preguntó energicamente:
“¿Dónde está Dios, hijo?”
El niño se quedó boquiabierto pero no respondió, sólo se quedó sentado con los ojos pelones. Asumiendo el padre que no había sido escuchado repitió la pregunta en un tono todavía mas grave:
“¿Dónde está Dios?”
De nuevo el niño no contestó.
Entonces el sacerdote subió el tono de su voz aún más, agitó su dedo apuntando frente a la cara del niño, y gritó:
“Te estoy preguntando que: ¿DÓNDE ESTÁ DIOS?”
El niño salió gritando del cuarto, corrió hasta su casa y se escondió en el closet, azotando la puerta. Cuando su hermano lo encontró en el closet le preguntó:
“¿Que pasó Güey?”
El hermano pequeño, Damían se llamaba por cierto, sin aliento, le contestó:
“¡Ahora sí ya valió mares! ¡Estamos en serios problemas, canijo!
-Pero ¿por qué dices eso ca´…?- le contesta el hermano grande y metódico.
Figúrate que ¡¡DIOS anda perdido, no lo encuentran!! ¡¡¡…y el curita cree que nosotros  lo secuestramos…!!!

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